Cuadernos de Humo

Itinerario de un traductor

(No recuerdo si he “subido” este excelente texto de José Muñoz Millanes. Lo he vuelto a leer a raíz de la muerte de Taravillo y me he acordado de èl. Que sirva de homenaje a su faceta de fino traductor)

 

 

 

He traducido de tres lenguas debido a las circunstancias, que han excluido al inglés, la del país donde he vivido más de cincuenta años: los Estados Unidos de América.

  Empecé traduciendo del alemán hacia 1980. Eran los años en que, en Italia, donde yo entonces vivía, florecían unosgermanistas (Claudio Magris, Massimo Cacciari) y unos teóricos de la arquitectura que, a la luz de “la crisis de la razón” y de la crítica del lenguaje en la Viena de Wittgenstein, señalaban la importancia de Ein Brief (1902) de Hofmannsthal, la ficticia carta de Lord Chandos a Sir Francis Bacon. Además, este texto recurría en los Diálogos de Gilles Deleuze.

  Impresionado por estas prestigiosas referencias me lancé a leerlo con la ayuda del alemán aprendido en mis cursos de literatura comparada. Su concisión y la fuerza de su prosa (su maravillosa plasticidad) me animaron temerariamente a traducirlo. Gonzalo Armero, el director de Poesía, la bellísima revista del Ministerio de Cultura, acogió el satisfactorio resultado. Pues a pesar de mi inexperiencia, el deslumbrante texto de Hofmannsthal milagrosamente me inspiró hasta el punto de que, al incluirse hace unos años en un volumen colectivo de la editorial Pre-Textos, la versión apenas necesitó ser retocada.

  La revista Poesía determinó el italiano como mi segunda lengua de traductor. Al vivir en Pisa, Gonzalo Armero no tardó en encargarme una breve antología traducida de poetas italianos recientes. Y entre ellos estaba el que pronto llegaría a ser uno de los más importantes de ese país en la actualidad: Valerio Magrelli.

 En 1982, el año de mi regreso a los Estados Unidos, con la publicación de Lo Stadio di Wimbledon de Daniele del Giudice, prologado por Italo Calvino, cobró mucha fuerza otro mitocultural menos multidisciplinar, más estrictamente literario que la Viena Fin-de-Siècle: el Trieste de la “identidad de frontera”, como reza el título del libro de Claudio Magris que la desentrañaba. Por entonces se peregrinaba a la librería anticuaria de Umberto Saba, del que me entusiasmaron quince breves poemas que traduje y prologué para el número 29 (1987) de la revista Poesía. Años más tarde, en 1995 la editorial Pre-Textos, para su colección de nombre leopardiano, “El pájaro solitario”, me encargó traducir Uccelli, una de las últimas secciones del Canzoniere de Saba, que reúne poemas de su vejez inspirados por pájaros.

  Mi dedicación gustosa a la poesía triestina llega hasta fecha reciente. En 2019 Hilario Barrero puso a mi disposición uno de sus “Cuadernos de humo”, las plaquettes que publica en Brooklyn. Y para él se me ocurrió rescatar los quince poemas de Saba de la revista Poesía, flanqueados por otros tantos de Virgilio Giotti (1885-1957), de vida entrelazada a la de aquél. Considero a Giotti tan buen (o mejor) poeta que su afín y vecino Saba, aunque es mucho menos conocido por escribir en dialecto triestino, del que tuve que improvisar un cursillo.

  Por suerte, nunca he tenido que traducir para ganar dinero. Para mí ha sido una labor gustosa promovida por las circunstancias: autores y tendencias afines a mi sensibilidad e intereses, descubiertos por azar y, sobre todo, por recomendación, en lenguas aprendidas también ocasionalmente. Traducir ha sido para mí una forma superior de lectura, de atenta profundización en el texto admirado. Actividad que a su vez me ha ayudado a mejorar el conocimiento de otras lenguas.

  En el caso de mi tercera lengua de traductor, el catalán, hubo una distancia de muchos años entre la traducción virtual (es decir, entre la traducción efectuada al leer) y la traducción acabada, afinada y fijada en la escritura, lista para publicarse.

  Uno de los hechos más decisivos de mi vida de lector de poesía fue encontrar en 1968 (mi año Preuniversitario) el volumenPoetas catalanes contemporáneos de José Agustín Goytisolo. Este libro me permitió descubrir a los representantes contemporáneos de la poesía catalana, que, aunque muy insuficientemente conocida, por su riqueza, variedad y calidad, está a la altura de las más importantes de la literatura universal.La antología de José Agustín Goytisolo tiene la virtud de que de cada uno de los poetas incluidos (¡y qué inmensos poetas: Carner, Riba, Foix, Espriu, Vinyoli, Gabriel Ferrater!) presentaun generoso número de muestras que permiten apreciar su respectiva singularidad y, por contraste, la asombrosa diversidad del grupo. La antología es bilingüe, pero no me conformé con leer las excelentes traducciones, sino que, al analizarlas con la ayuda de un buen diccionario y una gramática, me sirvieron como ejercicio para aprender catalán.

  De esa selección me llamó la atención especialmente MariàManent por su sintonía con la poesía inglesa. Los poemas de Manent, por su intensidad reticente y su riqueza de matices, parecían, como los del exilio británico de Cernuda, excelentes traducciones de excelentes poetas ingleses. Nunca olvidaré la impresión que me produjo “A mitjan setembre” (“A mediados de septiembre”), la delicadeza con que capta la fugacidad de un paisaje en el cambio de estaciones. Una profunda atención a los matices casi imperceptibles del paso del tiempo por la naturaleza, no sólo afín a la de poetas (Keats, Hardy) magistralmente traducidos por Manent mismo, sino también a la de la literatura china y japonesa, como se manifiesta en El vel de Maia (El velo de Maya), de 1975: un excepcional diario donde, a manera de los japoneses, el poeta registra las sutiles transformaciones de los paisajes del Montseny a lo largo de los años de la Guerra Civil.

  La década de 1980 fue la de mi mayor actividad como traductor, de la que me sentía seguro y disfrutaba. La admiración por Manent hizo que incorporara el catalán a mis otras dos lenguas de trabajo. Y de nuevo por azar. En el programa de un congreso celebrado en Washington destacaba una ponencia sobre Manent. Su autor, Àlex Susanna, me contó que en la editorial Columna se dedicaba a reivindicar la excepcionalidad del poeta, postergado por su falta de ambición social (que Ernest Lluch llegó a calificar de “oriental”) y por sus raícesnoucentistas, movimiento considerado entonces una antiguallapor los jóvenes.

  Al enterarme de que del diario de Manent había entregas anteriores y posteriores que llegaban incluso hasta el día de entonces, se me ocurrió preparar y traducir una amplia seleccióndel conjunto para un volumen que llevaría el título de Diariodisperso (1918-1984), que era como se subtitulaban tales entregas: Dietari dispers. (Mi selección fue luego adoptada parael volumen dedicado a los diarios de Manent en la colección “Les millors obres de la literatura catalana”).

  Valentín Zapatero y Andrés Trapiello aceptaron el proyectopara la exquisita editorial Trieste. Durante todo el otoño de un año sabático viajé con frecuencia a Barcelona, donde Àlex Susanna me presentó a Manent, quien me acogió generosamente. Me recibió en casa, con su familia; en el despacho de la editorial Juventud, escenario de tantas empresas literarias suyas. Con Àlex conversábamos de literatura inglesa y Manent nos contaba de la Barcelona de Josep Carner, Guerau de Liost y Jaume Bofill i Ferro. En cada uno de mis viajes, en el coche de Àlex visitábamos los lugares del Montseny que aparecen en El vel de Maia: Viladrau, las masías, los caminos, los arroyos, las fuentes, las arboledas, los puntos de vista de los paisajes. Entramos en la casa donde la familia Manent se alojó en aquellos años de la guerra: Ca l´Herbolari, con los seis abetos del jardín; y también en la cercana casa de Rosquelles, perteneciente a la familia de Guerau de Liost e inspiradora de uno de los más bellos poemas de Carner: “Recança”.

  Al guiarnos por los lugares de su diario y comentarlos, Manentrevivía su experiencia medio siglo después y en cierto modo nos hacía compartirla. Además, Manent y Àlex Susanna tutelaban mi traducción en marcha y el colmo del privilegio fue que el escritor me asesorase con la toponimia y el léxico local, señalándome las características de las plantas, del terreno y de la vida agrícola.

  Después del Montseny, avanzado el otoño, nuestrasexcursiones se desplazaron hacia el sur, al Baix Camp tarraconense, a L´Aleixar, donde se encuentra la finca de la mujer de Manent, muy presente en las páginas campestres de las últimas entregas del diario. Son los paisajes de Joaquim Mir, que han dado lugar a sendas rutas municipales del pintor y del diarista. Paisajes que en aquella estación vibraban con las manchas amarillas de los avellanos.

  Mi descubrimiento en 1968 de la poesía y la lengua catalana dio su fruto más tardío en 2013, cuando Álvaro Valverde y Jordi Doce me pidieron una antología bilingüe de la poesía de Manentpara la colección que dirigían en la Fundación Ortega Muñoz. Este encargo me hizo experimentar lo máximo a que puede aspirar un traductor: alcanzar un grado de identificación tal con el autor admirado, con el autor afín, que lo hace sentirse colaborador suyo. Ya no mero instrumento, sino creador vicario de su obra. Gracias a esta compenetración, en mi antología se transparenta en español la intensidad dramática de la poesía de Manent, que, por su sobria expresión, escapa a las lecturas superficiales.

  El gusto por la representación literaria de los viajes y las ciudades me llevó a confeccionar y traducir en 2003 para la editorial Pre-Textos otra antología con tamaño de libro: los Poemas del lugar y la circunstancia de Bertolt Brecht. De Brecht siempre se traducían unos cuantos poemas suyos, no los mejores porque en ellos la política es más bien doctrina. Sin embargo, me atrajeron otros cuya carga política es concreta y matizada porque trazan el testimonio de un exiliado errante en los años sombríos que van del ascenso de Hitler al poder a la fundación de la República Democrática Alemana, con la Segunda Guerra Mundial como fondo. En estos poemas laadversidad de la historia y la denuncia de sus culpables es vivida en una oscilación de situaciones de huida y refugio. Es expuesta en un rápido desfile de lugares: la casa alemana de la que Brecht escapa, el sensual paisaje de Finlandia, el estuario danés junto al que juega al ajedrez con Walter Benjamin, Manila entrevista desde un barco, la monstruosidad urbana de Los Angeles (pero también el ejemplar jardín del actor Charles Laughton), el desolado Berlín Oriental del regreso, los ensayos y giras del Berliner Ensemble.

  Creo que la vocación de traductor se demuestra cuando éste se entrega a la literatura tan plenamente, con tanto esfuerzo gustoso como un autor. Cuando no siente su trabajo como secundario o subordinado, tanto si lo lleva a cabo en exclusiva o en paralelo con la creación. Y sobre todo si no lo ejerce circunstancialmente, si no puede prescindir de él, convirtiéndoloen inseparable de su vida intelectual.

  El traductor ideal es el que concibe su tarea como la mejor manera posible de leer, de comprender un texto o un autor amado, de granjearse su intimidad. Como los grandes filólogos, los grandes traductores, evitando las generalizaciones y las síntesis conclusivas, sitúan el sentido en la proximidad a la letra original, en la interpretación máximamente ajustada al texto. De este modo la lectura preliminar a la traducción propiamente dicha, al exigir una tensa concentración en el detalle, dilata la tarea, que además se interrumpe de continuo para atender a interminables pero gustosas aclaraciones interdisciplinares.

  No es extraño que la grandeza del traductor brille en la dedicación absorbente a textos de poesía y filosofía que destacan por su extrema densidad y complejidad lingüística y conceptual:la Divina Comedia, Ausiàs March, las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, los Presocráticos, los Ensayos de Montaigne,Spinoza, la Fenomenología del espíritu, Ser y Tiempo, las obras completas de Kierkegaard o de Nietzsche. El esfuerzo de estas ingentes empresas, que, por su extensión y dificultades, se alargan por años, no implica sacrificio. La fidelidad del traductor queda recompensada por su demorada exposición a la grandeza de la obra amada al reescribirla en su propia lengua. Y la perfección del resultado (el equilibrio entre la fidelidad al original y la integración en la nueva lengua) y su importancia se reconocen asociando su nombre al de la obra que ha aclimatadoen un nuevo contexto cultural, impactándolo profundamente. Así se ha podido llegar a hablar de la Odisea “catalana” de Carles Riba, del Tale of Genji “inglés” de Arthur Waley, del Edgar Allan Poe “francés” de Baudelaire, del Nietzsche “italiano” de Colli y Montinari, del Baudelaire “alemán” de Stefan George y del Leopardi “español” de Eloy Sánchez Rosillo.

  Tuve ocasión de someterme a la prueba de una traducción de envergadura (extensa y sumamente complicada) con El origen del drama barroco alemán de Walter Benjamin. Por aquel entonces (década de 1980) el pensamiento de Benjamin era conocido en España por sus ensayos sueltos o “iluminaciones”,y especialmente por los dedicados a Baudelaire y el París del Segundo Imperio, publicados por Taurus en las traducciones pioneras de Jesús Aguirre. Pero el llamado Trauerspielbuch era muy distinto por su fascinante conjunción de la modernidad con la cultura del Barroco. Me atreví a proponer traducirlo a Taurus, que sorprendentemente adquirió los derechos.

  El origen del drama barroco alemán me suponía un desafío doble. Por su extensión: es la única obra de Benjamin trabada en forma de libro y yo hasta entonces había traducido principalmente antologías y textos cortos para revistas (el volumen de los diarios de Manent fue una excepción por su comodidad). Pero, además, la larga duración del proyecto (sin precedentes para mí) se debía también a la extrema dificultad dela obra: a su carácter interdisciplinar y a su plural metodología, a sus variados enfoques. El origen del drama barroco alemán se abre con un planteamiento teórico que alude a Leibniz y a corrientes filosóficas como la fenomenología y el neokantismo. Y a continuación los diversos aspectos de la cultura barroca son analizados a partir de la historia de la teología, de la medicina y del esoterismo, y con la ayuda de la iconología de la escuela de Warburg. La unidad del libro descansa en la forma de lo que Benjamin entiende por tratado: centenares de citas entrelazadas como los arabescos de yeso del arte islámico. Por si fuera poco,la investigación se basa en oscuros autores alemanes del siglo XVII, cuyas obras yacían olvidadas en las bibliotecas (así comoen Gracián y Calderón de la Barca). Para traducir El origen del drama barroco alemán era necesario consultar constantemente la inmensa bibliografía subyacente y los diccionarios especializados que aclarasen sus múltiples léxicos. A ello me ayudaron la espléndida biblioteca de la universidad de Princeton y la disponibilidad de mis colegas.

  La ardua empresa duró unos tres años: la traducción fue entregada y publicada en 1990. Y la experiencia me resultó ambigua. Por una parte, mi versión fue bien recibida: algunos críticos autorizados, como Victoria Cirlot, José Luis Pardo y Francisco Jarauta, aseguraron que yo había salido airoso del empeño de poner en español tan importante obra. Y, egoístamente, aprendí mucho, como pretendía, sobre la culturadel Barroco y la modernidad, y sobre la repercusión en el pensamiento de Benjamin de este acercamiento.

 Pero, por otros motivos, me sentía insatisfecho. En aquellos tres años la traducción, tan exigente, ocupó todo el tiempo que la docencia me dejaba libre, sobre todo las largas vacaciones. Me frustraba su exclusividad: el no poder ni leer ni pensar más que en función de ella, el tener que renunciar a otros intereses intelectuales. Y llegué a la conclusión de que, a pesar de mis numerosos trabajos, no tenía vocación de traductor.

  Pues quizá lo que en última instancia distinga al traductor auténtico es su capacidad para compatibilizar a lo largo de una carrera los proyectos más absorbentes con otras actividades no menos exigentes como la creación, la enseñanza, la investigación o la crítica (y pienso con admiración en casos como los de Carles Riba, José María Valverde, Carlos García Gual y Andrés Sánchez Pascual; y, más recientemente, José María Micó, Hilario Barrero, Jordi Doce, Antonio Rivero Taravillo, Ernesto Hernández Busto y Christian Law).

  Puesto que a mí, en cambio, el esfuerzo de El drama barroco alemán me había impedido cultivar otros intereses igualmenteatractivos, decidí abandonar la traducción, sintiéndome liberado. Y me despedí de ella en 2019 con un breve ensayo de Walter Benjamin sobre El idiota de Dostoyevski incluido en un volumen colectivo de la editorial Pre-Textos, para la que en el 2004 había también traducido todos los escritos del mismo autor acerca de la imagen fotográfica.

  Según Ezra Pound la poesía se caracteriza por la condensación, por concentrar un máximo de sentido en un mínimo de palabras. La poesía, por tanto, exige una lectura de cerca, detallada, a ras de texto (el close reading del New Criticism angloamericano). Una lectura que, aunque literal, no tiene por qué resultar necesariamente empobrecedora, limitada, superficial. Más bien, al contrario, la poesía requiere una lectura que, como la de los buenos filólogos, mediante la atención minuciosa sondee la profundidad de la letra, la descifre, haga brotar y despliegue la riqueza inmensa de sentido condensada en la parquedad del texto.

  Esta lectura máximamente atenta precisamente coincide con la que el traductor adopta para interpretar con fidelidad el texto antes de reescribirlo también fielmente en la nueva lengua. Por eso la experiencia de traductor me ha ayudado de manera decisiva en mi actividad actual de lector de poesía en lenguas ajenas. Me ha enseñado a leerla tan cuidadosa y exhaustivamente como si fuera a traducirla. Pero con una diferencia: la riqueza de sentido que me regala el apego al textono la empleo en verterla al español, sino que la expongo en breves ensayos a manera de comentarios de texto, siguiendo el ejemplo de dos libros extraordinarios: Llegir Ausiàs March de Joan Ferraté y Dickinson de Helen Vendler, donde la crítica más penetrante emana directamente de la lectura literal.

  Además, la brevedad (unas pocas páginas, a lo sumo) y la relativa independencia de los difíciles poemas de los autores que frecuento (Donne, Manley Hopkins, Hardy, Emily Dickinson, Leopardi, Montale, Ausiàs March, Carner) permiten una lectura discontinua y aleatoria que, al mitigar su exigencia, no excluye otras tareas intelectuales. Y asimismo invitan a volver una y otra vez sobre ellos, insistencia en la que no dejan de revelar nuevos valores.

​​​​José Muñoz Millanes

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