Cuadernos de Humo

El reloj de Flatbush

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Mientras vamos a probar un restaurante para cenar la noche de Thanksgiving, miras al reloj de la torre de Flatbush y ves que está parado. Seguimos caminando y vemos, de pronto, las manillas comienzan a moverse como si el tiempo, esa “forma a priori de la sensibilidad”, que diría Kant, tuviera conciencia de llegar tarde a la cita con la realidad.

¿Dónde vive el tiempo atrasado, las horas que un reloj ha perdido?

      Llegamos al restaurante y siento que nuestro tiempo ha pasado, que es una de los avisos de que uno es viejo. Es un restaurante francés (con una lista de vinos, todos franceses, por supuesto, con varias botellas a precios astronómicos) donde las camareras y la clientela son jovenes. Te lo comento y estás de acuerdo. Somos como el viejo reloj de Flatbush que se atrasa y, de pronto, se da cuenta de que tiene que recuperar el tiempo perdido y se da prisa y tropieza y le cuesta echar a andar.

   Queda descartado el “bistro” y recordamos lo que aprendimos en Preu según Aristóteles: el tiempo es el número o la medida del movimiento según el antes y el después. El tiempo de antes que ya lo hemos gastado, el de ahora no existe porque no es real y el de después que será eterno.

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