
Volver en enero al Botánico de Brooklyn es como volver al reino de la desolación, al territorio de las preguntas, al “ubi sunt” de las lamentaciones.
La luz crujiente de la primavera, el esplendor del verano, la piel lujosa del otoño han desaparecido y nos preguntamos, mientras caminamos entre el silencio de las hojas muertas y la dolorosa desnudez en la rosaleda: ¿dónde están? ¿dónde han ido?.

De pronto, encontramos una posible respuesta en unas flores que tiritan en un almendro madrugador: “el nuevo milagro de la primavera”.
Y de estar en un Viernes Santo el frio de uno de los paseantes pasa a estar en Sábado de Gloria aunque él bien sabe que estas flores adelantadas han de quedar quemadas por la rabiosa lengua del frío.
