
Comenzó a media tarde iluminando la farola aún apagada.
Con una escobilla enjalbegó al atardecer la fachada de ladrillos rojos.
Dueña de la calle y señora de los tejados, la noche, deslumbrada, se balanceaba insegura en la cuerda floja de la ceguera.
Un poco antes de la madrugada, un viejo, con la camara fotográfica, mirando a través de la ventana recordaba otras nevadas, escuchaba el ronquido de los quitanieves y deseaba volver a la cama donde le esperaban.
Al amanecer ya había alcanzado sus objetivos invasores, ocultado caminos, dando vida a los semáforos, llamando con sus dedos de plata en las ventanas, cubriendo árboles y tejados.
Después de que el silencio sintiera el ruedo de la vida aparecieron los primeros pasos y olía a cafe recién hecho.
Con la luz se fue debilitando preparando su derrota.
A media tarde, como cuando empezó a encender la lampara oscura, desapareció.
Y dejó tendida, en las cuerdas de la tarde gris y fría, su fina lencería.
