Cuadernos de Humo

Notas para una mudanza

  I

Desde la ventana de la otra casa veíamos siempre el mismo paisaje: altos edificios lejanos mitad decorado para una tragedia, mitad espejo donde la ciudad se reflejaba, puentes que de noche eran largas luciérnagas guiñando su fragilidad, fachadas de ladrillos rojos que al amanecer sangraban una luz rosada y suave, tejados de pizarra por donde la nieve se deslizaba hacia el precipicio para ser agua.

Era siempre la misma ciudad, cambiante, pero inmóvil, con hondas raíces donde el ruido del miedo se escondían,  donde al amanecer sonaban disparos, donde alguien se quedaba en el metro dormido para siempre.

Si abrasada por las ascuas de agosto o congelada por los cuchillos de enero o salvada en otoño y gloriosa en primavera siempre era la misma, aunque pareciese nueva. Nos engañaba.

La recordamos ahora, saboreamos y gozamos de su engaño igual que se recuerda y se goza del primer amor.

 

II

Desde esta ventana estamos aprendiendo dónde se esconde la luz, dónde va la lluvia cuando hace novillos, a qué hora se asoma y nos mira desde la ventana con ojos oxidados el gato del vecino o dónde irá a parar la prenda colgada en el tendal que el aire roba.

Estamos haciendo un hueco en la mirada para fijar lo que nos rodea.

Contamos gaviotas como Judas contaba las trece monedas: con avaricia y con remordimiento.

Esperamos acurrucados en la ventana a que la noche mueva ficha y que sean las  blancas las que jueguen y aparezca un ejercito de alfiles trayendo al sol en medio de las dos torres de la Iglesia de San Lorenzo. Un sol rojizo que se deja mirar, cercano, con los carrillos rosados como una moneda sin país.

Vamos reconociendo sombras, las fachadas encaladas, el brillo de la lluvia en los tejados, alturas, el “elogio” del viento, el mirador, como una proa de un barco de cemento, de La providencia, manchas verdes, grúas que amenazan, chimeneas en movimiento.

Y vemos el mar…

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