Skip to content

Desde un techo azul caían alfileres robados al acerico del otoño.
Llegaba la noche como llega el verdadero amor: lenta y misteriosa.
La pradera verde, de tanta esperanza enterrada, ofrecía su marea a cuerpos de fin de semana.
Lejano un gajo plateado se oxidaba deslumbrado por una farola.
Algodones de sangre inocente avisaban de varias guerras lejanas.

Se acercaba la noche con el pañuelo negro para limpiar los rostros de los niños achicharrados.
Unos salían, otros entraban y algunos seguían dentro del túnel. A los que seguían en las sombras, la noche les llenó la mirada de claridad.

En la piel de la rama de un árbol escondido amaneció un temblor amarillo.
Tendrá tus labios.