
Para qué sirven los recuerdos, esas cosas que dicen que tienen alma, si al final también envejecen como los que los guardaron toda una vida?
Llega el momento de acercarse a las baldas que tapizaban las paredes para vaciarlas y ahí están llenos de arrugas, descoloridos y desconocidos.
Algunos se deshacen, polvo en el polvo; otros crujen, sus bisagras oxidadas y el resto esperan arropados con la fría carga de la sombra que llegue la noche.
Quien los envuelve con cuidado y pone en la caja del adios siente un hondo ruido en sus entrañas, como cuando le arrancaron de niño la uña del dedo pulgar. El sabe del dolor de las cosas arrancadas.
Se van a otras baldas, nos vamos a otras baldas y repetimos que no es el amor quien muere y miramos las estanterías con melancolía y emoción mientras la casa se vacía estando llena de recuerdos que se van.
A ciencia cierta no sabemos, a pesar de tanto tiempo de vivir en él y con él, qué es el amor. Sabemos que no muere y que sólo morimos nosotros.
