Cuadernos de Humo

San Jerónimo va al gimnasio

 

 

 

Hace un año, después de que me inyectaran varias veces en la espalda, de ir a acupunturistas que me “asaetaron” el cuerpo con agujas, de hacer ejercicios mil, decidí, por consejo de un quiropráctico, ir a un gimnasio a nadar. Por suerte, cerca de casa, hay un YMCA con piscina. (Quizás el nombre les suene de una canción de The Village Boys). Es un gimnasio que se originó en Londres en 1844. Las iniciales (YMCA) responden a “Young Men’s Christian Association”.

Confieso que cuando fui a “matricularme” (a los miembros de la tercera edad nos hacen descuento), sentí apuro de ser viejo y se lo comenté a la empleada que me enseñó las instalaciones. Me miró y me dijo que no me preocupara que los había mucho más viejos que yo.

El primer día decidí probar la piscina y, temiendo haber olvidado nadar, fui al carril número 6, el de los viejos y los lentos. Antes de meterme en el agua, me acerqué a uno de los salvavidas y le dije que me vigilara, que hacía mucho tiempo que no nadaba. Yo notaba su mirada en la espalda y aunque no me hundí, tragué agua en dos ocasiones.

Alterno la natación con la bicicleta, el “molino o trotadora” (treadmill) y algo de “remos”. En los vestuarios, cuando me miro en los grandes espejos que cubren las paredes, en vez de verme veo al San Jerónimo del Greco, sin barba, sin crucifijo y mucho más escuálido.

Mientras la pantalla de la cinta cuenta las calorías que pierdo y las millas que hago, miro a mi alrededor y eso me ayuda a que el tiempo pase más rápido. Y lo que veo es entre divertido y triste: hay gente que sube cuatro o cinco peldaños de una escalera que no va a ningún sitio, que corre en un río de asfalto, dulces y frágiles viejecitas trabajando las pesas como si fueran un saco de paja, señoras de edad imprecisa sudando la gota gorda pedaleando como pedaleaba Bahamontes al subir las cuestas de Toledo, viejos tambaleantes e inseguros caminando a lo largo de la sala llevando en cada mano una pesa, gente en las bicicletas eléctricas leyendo libros o haciendo punto y, en muy pocas ocasiones, algún que otro dios escapado del Olimpo.

Uno, que, en tiempos pasados, corrió siete maratones y cientos de millas, añora, al verse atado a la cinta, las carreras en el parque cuando la nieve helaba el aliento, cuando la primavera caldeaba la sangre, cuando en verano el calor ganaba la carrera y en otoño se sentían los primeros temblores en el aire. Uno era joven y no lo sabía.

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