Las paredes se llenaron de cuadros, los estantes de libros y sus vidas con rostros que desaparecieron, noches en lechos luminosos, en celdas con olor a lejía, en alcobas que miraban al mar, a la calle que estaba cerca del matadero desde donde oían los balidos de corderos que iban a morir de madrugada. Ahora acorralados por tanta destrucción, de camino a la hoguera en el atardecer, tropiezan con las sombras que convierten la casa en un campo minado. Sin saber lo que hacer con tanto fuego almacenan la plata amenazada junto a llaves que no tienen memoria, con medallas de santos que no existen y postales con ríos sin conocer el mar. Dudan qué hacer con los trofeos que uno de ellos ganara en los 80, con el cuaderno de un amigo que se llevó la peste, con las cartas cuando se separaron, las Cantatas, Haydn, la colección de requiems, las cajas de cerillas que escondían la clave y con aquel desnudo que se oculta en la sombra. Y aunque a lo lejos cruje el ruido de la muerte ya tienen escogido el lugar donde irán sus cenizas.