Cuadernos de Humo

La casa de los siete colores

         Historia toledana para un año de peste.

Mi abuela nos contaba que el techo era azul porque dentro descansaban las nubes y mi abuelo que la parte roja era de ese color porque fue donde el Greco guardaba el secreto de su fuego. Aseguran que la corona de Recesvinto y el tesoro que aparecieron en Guarrazar estuvieron escondidos en las entrañas del edificio. Dice la leyenda que fue el torreón desde donde Carlos V, el emperador que hablaba con acento, vio arder Toledo un atardecer y sirvió de cuartel de amor a Garcilaso para escribir aquello de “yo no nací sino para quereros”. Cervantes dejó en sus paredes, mientras se reponía de la amputación del brazo izquierdo, uno de los mejores anuncios turísticos de todos los tiempos: “Peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades”, y le sirvió de hospedería al pregonero Lázaro cuando supo que su mujer le ponía los cuernos con el capellán de San Salvador, suceso ocurrido “el mismo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes”. Fue también cueva y jaula donde don Illán, el mago de Toledo, criaba perdices; un documento del archivo de la catedral de la Ciudad Imperial informa que sirvió de pozo donde guardaron, en el 36, la custodia de Arfe y la salamanquesa que vivía en el hombro de la Virgen del Sagrario; fue el lápiz místico que utilizó Teresa de Jesús para firmar el acta matrimonial con su Amado y se convirtió en trágico rompecabezas para el hijo del general Moscardó. Actualmente es el Parador Nacional “Fraga Iribarne” donde la familia Franco guarda el cuadro que Dalí pintó de una nieta del general montada a caballo.

“La casa de los siete colores” fue pintada por don Enrique Vera, profesor de la Escuela de Artes, que un día se suicidó colgándose en su estudio. El cuadro está, como parte de su obra y la de otros importantes artistas toledanos, en el sótano del olvido, mientras aficionados “extranjeros” llenan conventos y nobles edificios. Un cronista local, de formación escasa, pero tocado de gracia divina, escribió en el periódico de su parroquia que los peces que se criaban a la sombra de la casa eran descendientes de los de la parábola de los panes y los peces y que las espinas eran réplicas de las de la corona de Jesús. Don Clemente Palencia, archivero, profesor y poeta, escribió un soneto en el que uno de los cuartetos decía:

Piedra santa, donde mi ardor palpita,  
crisol de luz, plomo de sombra ardiente, 
lapicero de cal, ascua que miente,
mazmorra donde el sol muere y tirita.

Leyenda o fantasía, historia o narrativa una cosa es cierta: el dibujante que hizo la ilustración para este trabajo tiene problemas de perspectiva, de capacidad espacial y de visión de la realidad. Un pez es un pez, no un Zepelín y un pájaro es un pájaro, como una rosa es una rosa.

Si se observa con mirada franquista se podrá ver qué el cartón tiene un ramalazo de concentración parcelaria, un sonido a canto a la unidad de las tierras de España y una alusión a conspiración judeo-marxista.

La mazmorra, jaula de libertad, potro de amor, sangre inquisitorial, guarda un secreto y de esto hace ahora cincuenta años. Cuando trabajaba en el periódico “El asedio” tuve la suerte de acompañar a la mágica mansión a Jean Cocteau, quien me dijo al salir del Museo del Prado que Goya fue el primer pintor abstracto. Al entrar, allí estabas tú, tiramos la llave al río Tajo, que aún era azul y cristalino, y me quedé contigo para siempre. Aquí seguimos.

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