7-7-21.- Temían no llegar. Antes de la peste, pensado en este día, habían hecho proyectos, querían volver a las ciudades donde fueron felices, a territorios donde se amaron y donde dejaron parte de su vida y que recuerdan en las largas noches de invierno, rostros de un momento, voces sofocadas, miradas mojadas. Un viaje al pasado pensando en el futuro con la fuerza del presente. Pero no pudo ser. La peste levantó una muralla y les nació una segunda piel que les impedía besarse y ser felices. Les dejó los labios como si hubieran mordido fruta sin madurar.
Pensaban en una gran celebración, en una ciudad querida, los dos solos, como casi siempre estuvieron y siempre celebraron otras fechas. Terminaron cenando en la cocina, platos fríos ya preparados, la loza de diario, eso, sí, un gran reserva y un Pol Roger (que les evocaba otras noches). Mientras cenaban en silencio sentían una brisa pegajosa entrando por la ventana y oyeron el ruido de una tormenta anunciada embistiendo ciega al capote de la noche.
“Cincuenta años de convivencia –escribe un amigo a uno de ellos– lo pueden contar pocos y si quien estaba al lado sabía querer y dejarse querer y nos servía de aliento, eso más bien nos da un temblor, tal vez respeto o vértigo, agradecido, satisfecho…”
El amor es un secreto a voces entre dos, para algunos cuchillo, para otros una aventura, para ellos un milagro. Amar es tener que resolver ecuaciones sin incógnitas, un vocabulario sin sonidos, un idioma imposible de traducir. Se ama sin saber que se ama, se vive sin saber que se vive. Se va muriendo uno sin darse cuenta de que medio siglo de amor es mucho tiempo y da terror pensarlo. Cincuenta años es una fotografía en blanco y negro de dos ancianos sonriendo y ausentes. Un ramo de flores a punto de marchitarse. Sombras que ya no están y que siguen llamando a la puerta. Un espacio cerrado entre una noche en las Ramblas y una tarde en Brooklyn. Un coto de caza con trampas escondidas en la maleza.
Después del día señalado, desordenado el lecho una vez más, recordando el verano del 71, el sonido de la noche, la brevedad de la brisa, el susto de la sombra, saber que cada día que pase es un regalo que nos da la vida o tal vez la muerte.
Mandan su gratitud, ahora que atardece, a los que han dejado rosas a la puerta del apartamento, mandado trufas al champán de pecado mortal de Teuscher, a los temerosos de entrar en la casa, a los que han recordado la fecha y a los que la han olvidado.
A partir de mañana, vivirán entre la espada del amor y la pared del tiempo.
