
Cada día van acortando el camino y a veces se sientan en uno de los bancos del parque que miran a la enorme pradera donde ven cómo la vida va pasando. Casi todos lo bancos tienen una placa dorada con una inscripción en la que, en breves palabras, intenta destacar las virtudes del homenajeado. En el banco en el que se sientan hoy la placa decía: “Desde este banco vieron pasar la vida”.
Saliendo del parque, uno de ellos dice al otro que se fije en dos árboles que “pronto no veremos”. Como están empezando a cruzar el mar rojo y temen que lleguen las plagas del olvido y les conviertan en estatuas de sal si vuelven la cabeza a mirar el campo minado, el que mira a los árboles ha pensado que el otro usaba una imagen para ilustrar el tiempo en el que ahora se encuentran. Pero al mirar a los dos árboles ve que, en efecto, están condenados a muerte, en el tronco llevan la señal: una diana.
Como están limpiando los armarios, y llenando bolsas de plástico con ropa para donar a una iglesia episcopal que la reparte a los que la necesitan, uno de ellos encontró, en uno de los estantes, una camiseta que creía perdida del Botánico de Brooklyn con un árbol dibujado por Stephen Tim, un amigo que trabajaba en el Botánico, y la frase “A tree grows In Brooklyn” que es el título de una conocida novela de Betty Smith.
Al mirar a los dos árboles secos, cosidos en su oscuro silencio de insectos, rodeados de vida, de pájaros y ruido, uno ha sentido con más fuerza el silencioso “ruido” de esas vidas en la que ya no están, como tampoco estarán estos árboles que crecieron juntos y van a ir al fuego juntos.
