
Hay cuerpos encendidos,
lejanos e imposibles,
tocados por septiembre
que crecen reflejados, como brasas mojadas,
en el prado minado de la playa.
En el verano del 71,
brasa tu cuerpo,
yo esperaba que llegara la noche
sin saber muy bien del todo
que agosto pasaría y vendría el invierno
aumentando la lista de los nombres tachados,
abriendo las ventanas espantado a la peste,
cerrando los cajones vacíos.
Entonces la espesa oscuridad
retrasaba su descenso al infierno de la luz
y nosotros abríamos los ojos.
Hoy, a media tarde,
una brisa moviendo los visillos,
escuchamos el Réquiem de Brahms:
el esplendor de los cuerpos
“como la flor de los prados”
son ahora cimientos arenosos
donde la muerte cuenta nuestros huesos,
trampas que nos recuerdan todo lo que perdimos.
Ahora que la seda de tus ojos se ha nublado,
paréntesis tus labios, punto final tu cuerpo,
escaso el equipaje, sin los libros, oscuros los dibujos,
sin el perfil de la ciudad de entonces,
casi sin ti,
ahora sí, ahora si que estoy, por fin,
llegando al otro mar.