Cuadernos de Humo

San Antonio de cara a la pared


Nació en Herrera del Duque, Badajoz, el 20 de noviembre de 1909 y fue asesinado en Toledo en los primeros días de agosto de 1936.

Una vida resumida en un párrafo para una posible biografía. Principio y fin: una fecha segura la del nacimiento, desconocida la de la muerte y entre una y otra varias historias: la vida y muerte de un abogado falangista de Toledo, hijo único de un oficial de prisiones y de una ama de casa que cuando se llevaron a su hijo y lo asesinaron desconsolada por su muerte dio la vuelta a un cuadro de San Antonio al que rezaba y en el que confiaba y no le volvió a hablar más.

El siguiente asesinado fue el oficial de prisiones. Se lo llevaron al Paseo del Tránsito, cerca de donde asesinaron a su hijo y lo fusilaron. “Por ser, -le dijeron a uno de sus nietos muchos años después- un hombre de orden y padre de un falangista”.

El nieto que en un tiempo comulgaba con el pan y el vino de la igualdad, la justicia y la libertad, no olvidaba nunca a la abuela dando la vuelta al cuadro de San Antonio, y a su hija, la que años después sería su madre, caminando hacia el Palacio Arzobispal, donde los milicianos tenían su cuartel general, a pedir un salvoconducto para irse con su madre al pueblo donde esta había nacido.

El nieto, a veces, recordaba la escena que su madre le contaba de la abuela llorando y abrazando a su hijo cuando se lo llevaban, con 45 años, y las palabras que este le dijo para consolarla: «No llores, madre. Voy a cumplir con mi deber y a acompañar, en la guardia eterna, a mis camaradas caídos»

Hubo un tiempo cuando la familia era feliz, antes de que los dos hombres de la casa se sintieran señalados en largos días de terror e incertidumbre. Encerrados, prisioneros, teniendo noticias de camaradas que eran asesinados, sabiendo que el cerco se iba cerrando y la madre temiendo que llamaran a la puerta y el hijo sintiendo el no haber hecho caso a uno de sus compañeros de profesión y no haberse refugiado con él en el Alcázar. De hacerlo, posiblemente se hubiera salvado.

El 24 de febrero de 1935 compartió tribuna con José Antonio Primo de Rivera en el mitin del Cine Moderno de Toledo y su madre repetía que el mitin fue la sentencia de muerte de su hijo, como lo fue de algunos de sus camaradas. El cartel que anunciaba el acto, con José Antonio Primo de Rivera como estrella invitada, fue la esquela del abogado falangista.

Cuentan en “Falange imperial” que cuando los milicianos intentaron entrar a la casa tuvieron que romper la cerradura para entrar. El falangista los esperaba con su pistola y luchó hasta que se lo llevaron al Tránsito, lugar habitual donde se cometían los asesinatos.

Al llegar a la Plaza del Conde se paró, y pidió que lo mataran allí. Y así fue.

De su vida quedó una enciclopedia jurídica, numerosos libros de leyes, el Quijote que el falangista leía a menudo y se reía, cosa que a su única hermana le sorprendía, un despacho con muebles de nogal con cabezas de moros y sillones tapizados en terciopelo rojo, una medalla con estrellas, el nombre del falangista y la palabra “Presente” que mi madre nos dejaba para que jugáramos con ella.

(Más tarde uno de los sobrinos descubrió a poetas falangistas que hablaban de luceros, yunques, y “un cielo azul herido por flechas”. Y conservó con fervor una edición de los Sonetos a la piedra, escrito por un falangista, regalo de su tío Andrés, otro falangista.)

Su hermana, liberada Toledo, tuvo que ir al cementerio a identificar a su padre y a su hermano. A veces se desmayaba del olor y la dantesca visión de la montaña de cadaveres asesinados. Para poder mantenerse en pie se tapaba la nariz con pañuelos empapados en colonia… Colonia, decía, que le traía el olor a muerte.

Fue defensor de los parientes pobres que venían del pueblo, un buen lector que se reía a carcajadas cuando leía el Quijote, un hermano tierno que jugaba con su hermana que nació muchos años después y a la que llamaba cariñosamente Pipi.

El abogado Díaz Rivera trabajaba en un despacho que tenía muebles oscuros y pesados con perfiles y cuerpos tallados y una biblioteca con la Enciclopedia Jurídica de tomos en rojo.

El camarada Díaz Rivera con camisa azul -¡Presente!- caído por Dios y por España en una fotografía en blanco y negro, una biografía, una medalla con luceros y laureles con la que nosotros jugábamos a otra guerra y una fecha en el libro de los mártires de la Guerra Civil.

El tío Félix, niebla y muerte al amanecer, recordado noventa años después de su asesinato, muerto por unos ideales olvidados, unos colores de camisa descoloridos, un ritual apolillado y unas pistolas oxidadas.

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