Cuadernos de Humo

Con Antonia Álvarez Álvarez

En el jardín de la casa de la poeta, hay un limonero y un naranjo y en su mirara una luz suave y luminosa.

En el mundo de la poeta hay poemas hechos con la sombra que da la luz, con la luz que no tiene sombra, poemas iluminados, poemas hechos con la luz que crece entre la nieve, con la nieve que se derrite en la luz. Poemas que repiten temas básicos en la historia de la poesía y que parecen nuevos. Poemas que hablan del amor, del milagro de la primavera, de la presencia de la nieve, de la luz, del mundo bien hecho, las doce en el reloj, del primer amor.

Hay libros, sobre todo de poesia, por toda la casa: desde la planta baja al ático. Un museo vivo de libros firmados y dedicados de nombres señeros de la poesia española. En la sala de estar los trofeos que la poeta ha conseguido, los diplomas, los recuerdos. Toda una vida dedicada a la poesía. Y con los libros y los trofeos las habitaciones de sus hijos y de su nieta y la habitación vacía de su madre.

Poemas que tienen una gama de colores, un hormigueo de sonidos que le sube a uno por el alma y la garganta crujiendo: (“alguien raja de un tajo su corteza”), una metódica y equilibrada musicalidad envuelta en la tela metálica de la razón, en la caja de alambre del corazón, poemas dotados de extremidades, ramas que nos llevan por un paisaje donde se presiente “el blanco frío de la nieve”, poemas tocados de gracia, con un perfume místico, oraciones del que mira el milagro de la creación, poemas desprovistos de hojarasca, limpios como la primera nevada de la temporada. Poemas que abren camino, que dan vida, que ayudan a vivir, poemas, en fin, donde florece la belleza, lo que nunca muere, lo clásico.

Como en este emotivo y poderoso poema:

Domingo, 31 de octubre de 1943

Dónde hilarás la luz de tu voz suave,
qué tercera rueda
de arcángeles y nubes
avanzarán tus pasos de ave leve,
tus pasos sigilosos que velaban
silencios en la alcoba, los silencios,
silencios como manos cariciosas,
como manos del pan, dentro, en la artesa,
tu risa bajo el árbol de los siglos,
tu risa que amanece entre los labios
cerrados de otra pálida mañana,
tu risa de mañana y de campana,
y este silencio pesa como el sueño
que conduce al olvido donde moran
las hadas voladoras, las malvadas,
las brujas del espanto.
Este silencio ronda entre la nieve,
y es un lobo de Gubbio este silencio.
Dónde tus sueños, dónde aquellos ojos
tan jóvenes de sol, que sonreían,
y el sol hería al niño de tus ojos,
la pública bondad de tu mirada.
La tierra está más triste:
son los versos
que lloran por las rosas de la tarde.
En la página abierta, duermevelas
de un Bécquer matador de golondrinas;
yo recuerdo, en tu voz, que regresaban
de los rincones del amor, oscuras,
hasta poblar los cielos y poblarte.

Está el libro cerrado. Tú no vuelves.
Hay un niño llamando a la ventana,
y he de abrir el silencio.
Espera un poco.

Junto a la puerta del dormitorio de la poeta, como fieles guardianes, hay dos vitrinas con libros de poesia de sus amigos y favoritos.

Los versos de Antonia Alvarez Alvarez “regresan con frecuencia a aquella infancia de largos inviernos y grandes nevadas, con la cocina de carbón encendida, los primeros cuadernos de la escuela y la mirada impregnada de ilusión y de futuro. Luego, aquellas primaveras deslumbrantes y olorosas, adornadas con las flores del espino albar, con peonías y lilas, campanillas y lirios silvestres. Ese paisaje único es y seguirá siendo mi ‘locus amoenus’ por excelencia”.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *