
Las zarzas, como coronas de espinas, se clavan en las traviesas de las vías abandonadas.
Dos viajeros perdidos sentados en un banco del andén sienten cómo la sombra avanza.
La hiedra, como la piel de un ahogado, viaja lenta por la vía muerta.
En la estación en ruinas, como un milagro, un rosal ardiendo da sentido a la soledad y quema la espina del olvido.
Por un momento los viejos viajeros encuentran el camino y escuchan el ruido de un tren que se acerca.
Y que venga la noche.