Alfredo Buxán ha leído Todo se vuelve graveza.

He leído estos días “Todo se torna graveza” (qué ajustado ese verso a la realidad). Tus diarios vienen a ser como esa ferretería de la infancia, de todas las infancias, un escaparate lleno de cajoncitos y en cada uno de ellos una maravilla. Podrían resaltarse tantas: el viaje por España para presentar “Educación nocturna”, que leí con asombro por aquel entonces; la coincidencia de tus recuerdos de familia numerosas con otros de la mía que se dirían calcados, con esos coches de los que salía gente sin parar (en nuestro caso, un viejo 1500).
Tu emoción siempre atenta a las personas, los pequeños sucesos de cada día, los paisajes que aparecen frente a ti en vuestros paseos, las reflexiones certeras acerca de la aspiración de llegar una y otra vez al alma de la poesía, ese milagro que nos sostiene. Tu celebración de la vida frente al crecimiento de la maleza a nuestro alrededor. Tantas cosas.
También para mi Lisboa fue una ciudad a la que volver con los ojos bien abiertos (En “Lugar de las hogueras” hay un poema que más o menos lo refleja: Toma nota se titula).
Qué ajustada y llena de proximidad y de humor la semblanza del “escritor invisible”.
Ese recuento en tu biblioteca de muchacho: en efecto, varios de los libros que citas los compramos y leímos muchos en esa lejanísima juventud.
Se quedan muchas luces brillando aquí y allá en la memoria de lo leído, pero en todas resalta la melancolía por lo que se nos va, la consolación perpetua que nos ofrece la poesía a los corazones temblorosos que la amamos desde niños.
Y como siempre te digo, por encima de todo, para mí, ese candil encendido en medio de la noche, el amor con el que vais por el mundo siempre juntos.