Una de las maneras de saber qué es poesía es descartando lo que no lo es. Por ejemplo: poesía no es prosa, tampoco los metafísicos arrebatos que no conducen a ninguna parte, ni un montón de palabras cortadas con la tijera del atrevimiento en algo que llaman verso, o una melancolía pasada por el aguachirle de la pena, una filosofía de campanario, mucho menos historias de bares con ruido de “soap opera”, o verborrea erudita necesitada de notas, artificiosidad, hiperbatones asustados, lista de espera de adjetivos enfermos y material para el olvido…
Descartado todo esto podemos decir que al leer poesía de verdad, de la buena, te explota la cabeza, te incendia la razón, te llena de escalofríos, sientes hormigas por el pecho, no sabes si quieres llorar, te cura, te enferma, te da la vida y te acerca a la muerte.
¿Podríamos poner un ejemplo?
Aquí va un poema que lo tiene todo. O casi todo: olores, sabores, colores, metáforas, argumento, personajes, fondo y forma, claridad, perfecta adjetivación… Un poema con una historia, con una escena interiorista, con la presencia de la voz poética que se desdobla…
Un poema que muchos de nosotros entenderemos más o menos, descifraremos algunos de los “guiños” el “mensaje” escondido, la oscura claridad, encontraremos la salida del laberinto, sonreiremos, nos daremos cuenta del homenaje a Saramago y “la vista”, también a la luz y a la sombra y a la literatura. Y, sobre todo, los que ya no somos jóvenes reconoceremos la mesa en la esquina. Algunos jóvenes esperarán a enjuiciar, otros darán o escribirán su opinión ya mismo y, pasado el tiempo, verán que se habían equivocado. Todos estaremos de acuerdo que esto es un poema. Que no es poco.
La traducción espléndida es, en este caso, de Jesús Nariño. Muchas gracias.
Billy Collins
Viejo comiendo solo en un restaurante chino
Me alegra haber resistido la tentación,
si es que fue tentación cuando era joven,
de escribir un poema sobre un viejo
comiendo solo en una mesa esquinera de un restaurante chino.
Me habría equivocado totalmente
al pensar: pobre idiota, sin ningún amigo en el mundo
y con un libro por toda compañía.
Probablemente pagará la cuenta con dinero que sacará de un monedero.
Qué alegría haber esperado toda estas décadas
para comprobar lo picante y agria que está la sopa
picante y agria aquí en Chang esta tarde
y lo fría que está la cerveza china en un vaso helado.
Y mi libro – que da la casualidad que es Ensayo sobre la ceguera
de José Saramago- es tan absorbente que sólo
levanto la vista de sus crecientes horrores
cuando quedo pasmado con uno de sus brillantes párrafos.
Y debo mencionar la luz
que cae a través de las grandes ventanas a esta hora del día
poniendo en cursiva todo lo que toca:
los platos y las teteras, los manteles inmaculados,
así como el suave pelo castaño de la camarera
que viste blusa blanca y falda negra corta,
la que me sonríe mientras me trae una taza de arroz
con carne de res y ajo a mi mesa esquinera favorita.
JN
BILL COLLINS
Old man eating alone in a Chinese Restaurant.
I am glad I resisted the temptation,
if it was a temptation when I was young,
to write a poem about an old man
eating alone at a corner table in a Chinese restaurant.
I would have gotten it all wrong
thinking: the poor bastard, not a friend in the world
and with only a book for a companion.
He’ll probably pay the bill out of a change purse.
So glad I waited all these decades
to record how hot and sour the hot and sour
soup is here at Chang’s this afternoon
and how cold the Chinese beer in a frosted glass.
And my book—José Saramago’s Blindness
as it turns out—is so absorbing that I look up
from its escalating horrors only
when I am stunned by one of his gleaming sentences.
And I should mention the light
that falls through the big windows this time of day
italicizing everything it touches—
the plates and teapots, the immaculate tablecloths,
as well as the soft brown hair of the waitress
in the white blouse and short black skirt,
the one who is smiling now as she bears a cup of rice
and shredded beef with garlic to my favorite table in the corner.
