Pasaba igual con el poderoso perfil de Manhattan que me avisaba, como la avecilla del romance, cuando era de día y cuando de noche, cuando había fuego en sus tejados y cuando sus ventanas se encendían. Ahora es el perfil del mar, que a lo lejos me ayuda a distinguir la niebla de la vejez, me enseña la luminosidad del amor, hurga en la herida de la melancolía y me recuerda que terminaremos en su seno.