
Desde la ventana hay días, como en mi vida, en que el mar desaparece. Alguien baja una pesada plancha grisácea y el horizonte pierde el recto equilibrio de su verticalidad: un barco a pique.
Amanece como si fuera viernes santo y el silencio es una gaviota coja que al borde de un alféizar se balancea en la cuerda floja de la madrugada.
La niebla ensucia mi mirada y oscurece el rosetón de la Iglesia de San Lorenzo.
Igual que buscamos sitios en el nuevo apartamento donde colocar los recuerdos, así mi mirada va tomando posiciones, mientras la luz acomoda su foco en las sombras.
El mar volverá a levantar la tela metálica y nosotros encontraremos ese lugar que todavía no tiene nombre.